Y fue el amor labor de joyería.
Hundidos en la grasa del placer
fundimos todo el oro de la tierra.
Como relojes locos nos quisimos
a noche entera en un abrazo luminoso.
Se nos alegraron las gargantas de pelos.
Jamás unas axilas han tenido tanto sabor a sábado.
Hubiera podido cenarme su ropa.
Sus pendientes, bizcochos.
Nobody, not even the rain, has such small hands.
Y nuestros cuerpos, zafiro derretido.
(Ramón Irigoyen, ze zbioru De cielos e inviernos)